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El maestro y la responsabilidad

Daniel Vázquez Malabehar


Hay profesiones que no se agotan en su función técnica. La del maestro es, quizás, la más clara entre ellas: enseñar no es únicamente transmitir información ni cubrir un programa, sino contribuir a la formación de personas capaces de vivir con sentido. En el marco del Día del Maestro, vale la pena detenerse en una de las dimensiones más exigentes y más olvidadas de esa misión: educar en la responsabilidad.

La responsabilidad, entendida en su acepción más común, remite a las consecuencias de los actos. Pero hay una dimensión anterior, más honda y más difícil de cultivar: la que interroga no por lo que se hizo, sino por las razones que condujeron a hacerlo. Como señala Carlos Llano: "El hombre no ha de ser sólo responsable de los efectos de sus actos… sino también de las razones por las que decide" (2011: 285–286). Esta distinción no es menor. Un sujeto que responde únicamente por las consecuencias de su conducta puede justificar casi cualquier cosa apelando al resultado. En cambio, quien responde también por los principios que orientan su acción está comprometido con algo más profundo: con la coherencia entre lo que piensa, lo que valora y lo que hace.

Formar esa coherencia es, precisamente, una de las tareas más urgentes de la educación hoy. Como señala Viktor Frankl vivimos en un tiempo en que el conformismo y el totalitarismo, dos formas distintas, pero igualmente eficaces de evadir la responsabilidad, se han instalado con naturalidad en la vida cotidiana. El conformismo delega el criterio en la opinión de la mayoría; el totalitarismo, en una autoridad que piensa por todos. En ambos casos, el individuo deja de preguntarse qué es verdadero, qué es justo, qué le corresponde decidir. Viktor Frankl lo advirtió con una lucidez que no ha perdido vigencia: "no saber nada es en realidad un no querer saber. Y en la base de esto se halla la huida de la responsabilidad" (2018: 156). Frente a este panorama, el maestro no es un transmisor neutral de contenidos: es alguien con la misión de despertar la conciencia crítica, de ayudar al alumno a pensar por sí mismo y a asumir su libertad sin delegarla.

Desde la logoterapia, esta responsabilidad adquiere una dimensión aún más radical. No se trata solo de responder por los propios actos, sino de responder ante el sentido de la propia vida: ante aquello que cada existencia tiene de irrepetible e intransferible. Frankl insiste en la necesidad de "apreciar la responsabilidad en toda su grandeza" (2018: 139), lo cual supone la capacidad de hacer conscientes los valores y principios que orientan la existencia, de no vivir por inercia ni por presión, sino desde una elección genuina. En este horizonte, el maestro no solo enseña: acompaña. Acompaña al alumno en el proceso de construir una vida con dirección y con significado, en el descubrimiento de lo que realmente importa y de lo que cada uno está llamado a ser.

Educar en la responsabilidad implica también, de manera inseparable, formar la conciencia. Frankl señala que la educación debe "promover la capacidad de tomar decisiones de manera independiente y auténtica" (2000: 67). Esto no se logra con lecciones sobre la responsabilidad, sino con una práctica sostenida de reflexión: aprender a leer las situaciones, a identificar los valores que están en juego, a discernir lo que genuinamente corresponde a cada uno. Supone, además, un equilibrio delicado: ni la evasión de lo que es propio, ni la apropiación de lo que pertenece a otros. Tanto el que huye de su responsabilidad como el que carga con lo que no le corresponde pierden, de maneras distintas, el hilo de su propia vida.

Es necesario subrayar, por último, que educar en la responsabilidad no es adoctrinar. No se trata de inculcar respuestas, sino de formar la capacidad de buscarlas. No de imponer una visión del mundo, sino de acompañar al alumno en la construcción de la suya: libre, crítica, fundada. En un tiempo marcado por el vacío existencial y la desorientación, el maestro se convierte en una figura que no se puede sustituir: alguien que, con su presencia y su modo de enseñar, recuerda que la vida puede y debe ser vivida con responsabilidad, con libertad y con sentido.

Celebrar el Día del Maestro es, en el fondo, reconocer esa misión. No solo agradecer al que sabe, sino al que acompaña. No solo al que enseña contenidos, sino al que ayuda a vivir.

Referencias

Frankl, V. E. (2000). Fundamentos y aplicaciones de la logoterapia, San Pablo, Buenos Aires.

Frankl, V. E. (2018). Llegará un día en el que serás libre, Barcelona, Herder.

Llano (2011). Dilemas éticos de la empresa contemporánea. México: Fondo de Cultura Económica.