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Lo que se pierde cuando todo va deprisa
Daniel Vázquez Malabehar
Vivimos en una época que confunde el descanso con el consumo y la pausa con la improductividad. Byung-Chul Han, filósofo coreano-alemán contemporáneo, lo ha señalado con precisión. Lo que hemos perdido no es el tiempo libre sino la capacidad de habitarlo, de vivirlo con sentido, diríamos desde la logoterapia. Han lo describe como "una capacidad autónoma" con "su lógica propia, su propio lenguaje, su propia temporalidad, su propia arquitectura, su propio esplendor" (Han, 2023, p. 7). No se trata de pereza ni de ausencia de actividad, sino de algo mucho más profundo.
Lo que se ha erosionado no ocurrió de golpe. Han señala que las estructuras que antes le daban forma al tiempo, los rituales, las fiestas, los momentos de pausa colectiva, han ido desapareciendo porque "entorpecen la circulación acelerada de la información y el capital" (Han, 2023, p. 41). Sin esas arquitecturas temporales, el tiempo se vuelve una sucesión de instantes sin forma ni sentido. Las vacaciones, en ese contexto, dejan de ser un refugio y se convierten en otro fragmento más de esa misma corriente acelerada.
La lógica que ha colonizado nuestro tiempo no distingue entre lo útil y lo valioso. Solo reconoce lo eficiente, lo rentable, lo medible. Todo aquello que no produce rendimiento económico tiende a ser descartado como pérdida de tiempo. El descanso, el silencio, la contemplación, la amistad sin agenda, ninguno tiene precio en el mercado y por eso ninguno parece justificarse por sí mismo. Esta mentalidad nos ha desconectado progresivamente de todo aquello que le da profundidad a la existencia. Han lo advierte con una imagen inquietante en su sencillez. "Es posible que el ser humano se deshaga en el futuro tanto del dormir como del sueño, puesto que ya no le parecerán eficientes" (Han, 2023, p. 19). Cuando la eficiencia se convierte en el único criterio de valor, incluso lo más elemental y humano queda en entredicho.
Esta lógica no solo transforma la manera en que trabajamos. Transforma la manera en que descansamos, en que nos relacionamos y en que nos percibimos a nosotros mismos. Una persona que solo vale por lo que produce es una persona que no puede permitirse parar. Y una persona que no puede permitirse parar es una persona que, en el fondo, no sabe quién es cuando nadie le exige nada.
Frankl ofrece aquí una orientación distinta. Para él, el ser humano no solo realiza valores a través de lo que crea o produce, sino también a través de lo que recibe con atención genuina. A estos los llamó valores vivenciales y representan precisamente lo opuesto a la lógica de la eficiencia. No se trata de acumular experiencias ni de fotografiarlas, sino de dejarse alcanzar por la belleza de un paisaje, por una conversación que toca algo verdadero, por una pieza musical que detiene el tiempo. Quienes cultivan esa capacidad "saben emplear racionalmente el tiempo excesivo de que disponen y dan, con ello, una plenitud de contenido a su conciencia, a su tiempo y a su vida" (Frankl, 1978, p. 186). No es la cantidad de tiempo lo que determina esa plenitud sino la calidad de presencia con la que se lo habita.
Aprender el sentido del descanso es aprender a descubrir esos valores. El descanso verdadero no consiste en consumir más experiencias sino en disponerse a recibir lo que la vida ofrece cuando uno deja de correr. El arte, la naturaleza, la amistad genuina, el silencio, nada de esto se apropia en la prisa. Solo se recibe en la pausa.
Detenerse no es rendirse. Es quizás la forma más difícil y más necesaria de estar en el mundo.
Referencias
Han, B. (2023). Vida contemplativa. Elogio de la inactividad. Taurus, Madrid.
Frankl, V. (1978). Psicoanálisis y existencialismo. De la psicoterapia a la logoterapia. FCE, Ciudad de México.
