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La vida es milicia

Daniel Vázquez Malabehar


Hay una vieja expresión que conviene rescatar en estas fechas. "La vida es milicia." No habla de cuarteles ni de armas. Milicia significa aquí lucha, esfuerzo sostenido, combate diario contra las dificultades, las tentaciones y los obstáculos que se atraviesan en el camino. Vivir es eso, perseverar. Es levantarse otra vez, resistir el desánimo, no rendirse ante lo que cuesta. Quien espera que la vida sea un descanso fácil y sin fricción se equivoca de raíz. La vida pide pelea, y quien lo entiende deja de sentirse traicionado cada vez que algo se le pone cuesta arriba.

Las fiestas patrias son un buen momento para recordar contra qué, y con quién, se libra esa lucha. Porque estas fechas nos recuerdan algo que el ajetreo cotidiano nos hace olvidar, que convivimos, que coexistimos, que la vida es comunidad. No llegamos solos a ningún lado, y lo que somos se lo debemos, en buena parte, a otros. Recordarlo debería ayudarnos a vencer nuestro individualismo y nuestro egoísmo, esa manera cómoda de habitar el mundo que se resume en una frase repetida sin pudor, "mientras yo esté bien". Tenemos un refranero entero para justificar el desinterés por el prójimo. "De que lloren en tu casa a que lloren en la mía, que lloren en la tuya." "No me meto en camisa de once varas." Cada uno de esos dichos es una pequeña renuncia disfrazada de prudencia, una manera de encogerse de hombros ante el dolor ajeno.

Ese encogerse de hombros tiene además una coartada moderna. Se nos ha vendido la idea de que el objetivo de la vida es ser felices, o alcanzar el desarrollo personal. Todo, en apariencia, gira en torno a uno mismo, a la propia realización, al propio bienestar. Y aquí Frankl viene a desarmar el engaño. La felicidad y la autorrealización no se consiguen persiguiéndolas de frente. Frankl lo advierte con claridad, "el hombre, en el fondo, no quiere ser dichoso, sino, más bien, tener fundamento para serlo" (Frankl, 1978: 231). La dicha no es una meta que se persigue. Es lo que aparece, casi sin buscarlo, cuando uno tiene una razón por la cual vale la pena vivir. Frankl lo dice con una imagen que se queda grabada, "la caza de la felicidad sólo sirve para espantarla y expulsarla" (Frankl, 1987: 28). La dicha no llega cuando se la persigue como meta, sino que surge "como un mero efecto concomitante" (Frankl, 1987: 28). Quien persigue la felicidad directamente la espanta. Quien se entrega a algo más grande que él la encuentra de añadidura.

Esto tiene un nombre en la logoterapia, autotrascendencia. El ser humano se realiza en la medida en que sale de sí mismo, en que se entrega a una causa o a otra persona. Frankl lo aprendió en el peor de los lugares, y observó que incluso los sobrevivientes que lo habían perdido todo se sostenían cuando conservaban algo por lo que responder, "la ambición por cumplir con su tarea, una forma más elevada” (Frankl, 2021: 161). No hay plenitud en la vida vuelta hacia adentro. La hay en la vida entregada hacia afuera. La felicidad y el desarrollo personal, tan buscados, son en realidad consecuencias, frutos que caen del árbol solo cuando el árbol crece hacia otra cosa.

Y aquí las dos ideas se juntan. Si la vida es milicia, es decir lucha, la pregunta es por qué peleamos. Frankl responde que todo depende, al final, de cada uno. "Todo depende de cada ser humano, de cada individuo" (Frankl, 2021: 190), porque las personas dispuestas a dar algo de sí siempre son minoría, y por eso cada una pesa. No hay felicidad ni realización verdaderas si no luchamos por construir algo que nos exceda, una comunidad más justa, un país donde a nadie le dé lo mismo que lloren en la casa de al lado. La milicia de la que hablamos es esa, la de quien elige combatir el propio egoísmo antes que rendirse a él.

Que estas fiestas patrias sean, entonces, un recordatorio. No solo de banderas y desfiles, sino de los valores que solo se vuelven posibles cuando salimos de nosotros mismos. Se puede elegir la vida encogida, la de "mientras yo esté bien", la del que no se mete en camisa de once varas. O se puede elegir la milicia, la lucha, la vida entregada a los demás. La primera promete una felicidad que nunca llega, porque se busca donde no está. La segunda no la promete, pero la da. Quien vive para otros descubre, casi sin darse cuenta, que también ha vivido para sí.

Referencias

Frankl, V. (1978). Psicoanálisis y existencialismo. De la psicoterapia a la logoterapia. FCE, Ciudad de México.

Frankl, V. (1987). El hombre doliente. Fundamentos antropológicos de la psicoterapia. Herder, Barcelona.

Frankl, V. (2021). Llegará un día en el que serás libre. Cartas, textos y discursos inéditos. Herder, Barcelona.