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El otro me saca de mí
Daniel Vázquez Malabehar
El sentido de convivir no es servirme del otro, sino dejar que el otro me saque de mí. Convivir es difícil, y aun así es el modo en que llegamos a ser, de verdad, humanos. Julián Marías lo escribe sin rodeos. “Vivir es, a la vez, estar en el mundo y convivir” (Marías, 1993, p. 11). Y todavía más hondo, sostiene que “la vida humana está determinada desde el principio por la convivencia” (Marías, 1993, p. 14). No es un añadido. Es la condición.
El encuentro con el otro es un reto porque el otro es misterio. Tiene una unicidad que yo no conozco. Puede agradarme, desagradarme o resultarme indiferente, y en cualquier caso me implica. Marías llama a eso el descubrimiento de la persona. Ese semejante «es alguien que no se puede reducir a otro, a quien le pertenece una extraña unicidad», y el parentesco más hondo no nace de que sea como los demás, sino de su “absoluta alteridad respecto a mí” (Marías, 1993, p. 65). Y hay algo más, porque ese descubrimiento del otro es a la vez un descubrimiento propio. “El descubrimiento de una persona es simultáneamente el mío como tal” (Marías, 1993, p. 65). Por eso el otro me saca de mí. Y por eso nunca se agota. “Si se lo da por concluso, si se siente el “ya sé”, es que ha terminado la vivencia del otro como rigurosamente personal” (Marías, 1993, p. 68). El otro no es un decorado. Es alguien que irrumpe y me obliga a salir de la evidencia de mí mismo.
¿Cuál es entonces el sentido de convivir? Hoy parece que necesito del otro para mí. El otro se vuelve medio de un fin que soy yo. El egoísmo vacía la relación, porque fuera de mí no hallo nada valioso en el vínculo, y el otro queda como instrumento, consuelo o público. Frankl lo vio con precisión y lo enlazó con Kant. El encuentro, dice, es “una relación con un semejante en la que se reconoce a éste como ser humano», de modo que «al semejante no se le utiliza como simple medio para un fin” (Frankl, 1987, p. 58). Usar al otro no es convivir. Marías advierte lo mismo cuando recuerda que no todo trato humano es personal. Hay un mundo social de relaciones automáticas, de “cualquiera” intercambiable (Marías, 1993, pp. 12 y 65). Confundir eso con el encuentro es tomar la masa por el prójimo.
Ese repliegue se oye en cierta autoayuda. “Ámate a ti mismo primero y todo lo demás se alinea.” “Eres suficiente tal como eres.” “Todo lo que necesitas ya vive dentro de ti.” Nombran un síntoma real, porque el desprecio de sí también hiere, y se quedan ahí. El movimiento que proponen termina en el yo como origen, medida y destino. El otro, si aparece, aparece después.
Hay que conceder una objeción justa. Sin un yo mínimamente entero es difícil amar, y cuidarse no es vanidad. Distinto es tomarse como fin de la relación. La autorrealización invita a crecer y a acercarse al otro desde lo que yo necesito ser, y eso vale. Pero el centro sigue siendo yo, y el otro entra como ayuda, espejo o etapa de mi cumplimiento.
Frankl apunta a otro lado. El hombre no se encuentra encerrándose, se encuentra saliendo de sí. “El hombre se realiza a sí mismo en la medida en que se trasciende: al servicio de una causa o en el amor a otra persona” (Frankl, 1987, p. 58). Y esa realización no se persigue de frente. “La autorrealización se produce entonces espontáneamente, como un efecto de la realización de valores y del cumplimiento del sentido, no como su finalidad” (Frankl, 1987, p. 33). Quien la busca de manera directa fracasa, porque persigue algo que solo puede llegar de añadidura. La plenitud del yo es fruto de haber mirado hacia afuera, no de haberse mirado a sí mismo.
Eso se ve en lo concreto. Visitar a quien ya no rinde. Defender a quien no me va a devolver el favor. Quedarme en una amistad cuando el otro no puede darme nada útil esta temporada. Ahí no hay trueque. Hay respuesta. Marías ve en la amistad plena “la expansión de la propia persona” y “la superación de la soledad, sin anularla” (Marías, 1993, p. 110). La soledad no se borra, se atraviesa. Y frente a lo que el otro tiene de fallo o de daño, queda todavía la posibilidad de mirar “a la persona misma, al quién, que no se agota en sus conductas” (Marías, 1993, p. 122).
Por eso la amistad, el amor, la justicia y la generosidad no son adornos del carácter. Involucran al otro y no tienen por qué terminar en mí. Salvarnos, aquí, no es un grito religioso de ocasión, es no quedar encerrados en un yo que se basta y se consume. Es no perder la zona personal de la vida. No me plenifico solo. Solo juntos llegamos a ser personas.
Referencias
Marías, Julián. Mapa del mundo personal. Madrid, Alianza Editorial, 1993.
Frankl, Viktor. El hombre doliente. Fundamentos antropológicos de la psicoterapia. Barcelona, Herder, 1987.
