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El asombro y los valores vivenciales.

Daniel Vázquez Malabehar


Viktor Frankl comprendió que la vida humana puede llenarse de sentido de distintas maneras. Por ello señala la existencia de tres categorías de valores: “valores creativos”, “valores vivenciales” y “valores de actitud” (Frankl, 1991: 34-35). Los valores vivenciales se refieren a todo aquello que el ser humano puede recibir y contemplar: el amor, la naturaleza, el arte, la amistad, la belleza o incluso un instante profundamente humano. Sin embargo, para acceder verdaderamente a estos valores es necesaria una capacidad fundamental: el asombro.

Según la Real Academia Española, el asombro significa “Gran admiración y extrañeza”. Filosóficamente, el asombro no es una simple sorpresa pasajera ni una ingenuidad infantil; representa una actitud de apertura ante la realidad. La persona que todavía es capaz de asombrarse puede detenerse, contemplar y reconocer que el mundo posee algo valioso que merece ser descubierto. Asombrarse es dejarse impactar por la realidad, permitirse encontrar valor en lo cotidiano e incluso preguntarse por aquello que supera nuestra comprensión inmediata.

No obstante, en una época marcada por la prisa, la saturación de estímulos y el entretenimiento constante, el asombro parece debilitarse cada vez más. Y junto con este debilitamiento aparece también una incapacidad para descubrir los valores vivenciales de los que habla Frankl. Muchas personas viven observando todo sin realmente contemplar nada. Permanecen aceleradas y rara vez se detienen a apreciar lo que tienen delante. Ya lo advertía Frankl cuando escribía: “El afán del hombre de la ciudad por vivir de prisa le recuerda a uno la imagen clínica de la ‘manía improductiva’: mucho trajín, pero ningún resultado. Tiene uno la impresión de que el hombre, sin saber dar a su vida una meta, corre y se afana con velocidad más y más acelerada, precisamente para no caer en la cuenta de que no marcha a ningún sitio” (Frankl, 1997: 192).

Hoy muchas personas viven atrapadas en esa aceleración: trabajan constantemente, viajan de un lugar a otro, fotografían cada experiencia y registran todo con el celular, pero se dejan impactar muy poco por aquello que viven. Esta dinámica termina anestesiando la sensibilidad humana y haciendo que incluso las experiencias más valiosas se vuelvan invisibles. Con frecuencia parece más importante publicar la experiencia en redes sociales que realmente vivirla. Un atardecer, una conversación sincera, una obra artística o la presencia de otro ser humano pueden pasar desapercibidos cuando la persona ha perdido la capacidad de detenerse interiormente. Los valores de experiencia exigen receptividad, atención, tiempo y apertura. No basta con estar frente a algo bello; es necesario dejarse afectar profundamente por ello.

Por eso el asombro posee también una profunda dimensión existencial. Asombrarse implica reconocer que la realidad vale más que el propio ego y que todavía existen cosas capaces de sacarnos de nosotros mismos. En cierto sentido, el asombro rompe el encierro narcisista de quien cree conocerlo todo y permite la autotrascendencia. Quizá por ello una de las mayores tragedias de nuestro tiempo no sea solamente el sufrimiento, sino la incapacidad de asombrarse. Porque cuando el ser humano pierde el asombro, también comienza lentamente a perder su capacidad de descubrir sentido en la vida.

Referencias

Frankl (1991) La voluntad de sentido, Barcelona Herder.

Frankl (1997) Psiconálisis y existencialismo, México, Fondo de Cultura Económica.